Miguel G. Álvarez

En el año de 1988 en los altos de Chiapas, Marco Antonio Cruz desarrollaba una investigación sobre la ceguera, uno de sus fotodocumentales más amplios e importantes de su carrera como fotógrafo, trabajo que publicó en Habitar la Oscuridad (2011). En ese contexto, Marco Antonio presenció una trágica escena. Después de la jornada y de vuelta a San Cristóbal de las Casas, impresionado al ver tirado en la calle, un caballo agonizando que había sido atropellado recientemente, Cruz bajó del taxi en el que viajaba y realizó esta fotografía. Una familia de campesinos dueños del animal, habían abandonado a su caballo a plena luz del día. Marco Antonio estuvo junto al caballo por quince minutos, acompañándolo.

La fotografía del caballo

La fotografía del caballo agonizante de Cruz, que publicó en Bestiario I (CONACULTA, 2014), es una imagen que la relaciono con una pieza cinematográfica magistral, El Caballo de Turín (2011), del cineasta Béla Tarr. En esta película, el húngaro descomprime una historia de la miseria humana, historia que se entrecruza con la anécdota en la que el filósofo nihilista, Frederich Nietzsche, al ver a un hombre golpear fuertemente a su caballo atado a una carreta, se lanzó sobre el lomo del animal para impedir que los impactos del fuete lo siguieran lastimando.

La fotografía de Cruz también agita mi memoria cinéfila y me remite a una secuencia de la película Un toque de violencia (2013), del director chino Jia Zhang-Ke, en la que un hombre golpea sin misericordia a su equino, hasta que uno de los personajes principales de una de las cuatro historias que desarrolla este genial filme, se acerca a la escena y con un arma de fuego, mata al hombre a quemarropa, liberando al animal de ser golpeado.

Somos lo único que poseemos

¿Qué nos motiva a abandonar a un animal que agoniza en medio de la nada y el polvo o a golpearlos sin misericordia?, o ¿Qué nos motiva a defenderlos con nuestro propio cuerpo, acompañarlos, cuidarlos y procurarles una existencia digna? El humano, decía Nietzsche, es el puente entre el animal y el sobre-humano (übermensch). Interpreto esta imagen-concepto del filósofo alemán, no como una diferencia de escalas o grados entre almas (dignitas), propuesta por Tomás de Aquino, concepto que derivó por incorrectas interpretaciones, en los grados ontológicos y epistemológicos cartesianos; sino desde la inmanencia del cuerpo: somos lo que único que poseemos, en tanto potencialidad y materialidad.

El sobre-humano que propone el filósofo alemán, desde mi punto de vista, tiene que ver en la aceptación de nuestra condición animal, es decir, cuerpos sensibles y afectivos en relación con otros cuerpos en las mismas condiciones. Crear diferencias ficticias al respecto es vivir en un estado delirante y miserable. Continuará…

Miguel G. Álvarez historiador, editor de la Revista Luna Córnea del Centro de la Imagen

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Nos leemos pronto